Hoy la Iglesia no solo ordena a unos hijos suyos. Hoy el Señor vuelve a pronunciar un ‘sígueme’ que cambia la historia. Como sucedió en la primera Pascua.
La Pascua es el tiempo donde vemos cómo Jesús busca y recompone la comunidad de los discípulos. Aquí celebramos esta acción que hoy realiza en medio de su Pueblo con vuestra ordenación. Siempre sostenida y abrazada por esta Iglesia que hoy muestra su rostro más alegre.
La Palabra de Dios nos habla de unos discípulos a los que Jesús, como a todos hoy, nos cambia la vida y así sigue cambiando la historia.
1.- Aquellos discípulos salen de Jerusalén con el corazón envuelto en tristeza. No sucedió lo que habían esperado y, ahora, todo parecía haber terminado. Sin esperanza se alejan y se encaminan a ese pequeño lugar llamado Emaús, que no es solo un sitio geográfico, sino también un símbolo de esos espacios interiores donde nos retiramos cuando la vida no responde a lo que esperamos, cuando perdemos el horizonte o cuando el cansancio o la depresión nos vence.
Todos conocemos, de un modo u otro, esos momentos. También en vuestro ministerio habrá gozo y muchas alegrías, pero no faltarán la fragilidad, el cansancio y los días sin luz.
Pero cuando todo parece alejarse, Jesús nos busca. Esa es la experiencia de esta Pascua. Uno a uno Jesús se dedica a recomponer la comunidad, a configurarla uno a uno. Jesús siempre sale al encuentro buscándonos por donde nos hayamos alejado. Así nos dice hoy cómo es nuestro ministerio: ir buscando a los que se desesperan para enviarlos a la comunidad para que sea Él, con su Espíritu al frente, quien la habite. Esa es nuestra tarea, esa es vuestra tarea.
2.- Jesús no aparece con estridencias, no impone su presencia, no se hace reconocer de inmediato. Se acerca con discreción, escucha, pregunta, provoca el diálogo y, poco a poco, va haciendo arder el corazón de aquellos discípulos.
Este es el estilo de Dios. Lo habéis experimentado y este está llamado a ser también vuestro estilo sacerdotal: no el del protagonismo ni el de las respuestas fáciles, sino el del acompañamiento paciente, el del que sabe escuchar de verdad, el del que, antes que juzgar, suscita preguntas y ayuda a que otros descubran por sí mismos la presencia del Señor en su vida; y siempre caminando para animar a la vuelta a la comunión, a compartir con otros la experiencia de que Jesús ha resucitado.
3.- Nuestra meta es volver a Jerusalén y ayudar a Cristo a que siga buscando y reuniendo a sus hermanos, como hace esta tarde.
Hoy, como ayer, estamos reunidos en esta “Jerusalén” que es nuestra Iglesia diocesana. No estamos aquí como espectadores. Somos un pueblo de bautizados que reconocemos que el Resucitado nos convoca. Y, en medio de ese pueblo, vosotros hoy sois elegidos de una manera particular: elegidos de entre vuestros hermanos (cf. Hebr 5,1) para ser enviados a ser, con vuestras vidas, sus servidores, recibiendo “la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios” y “conformando vuestras vidas con la cruz del Señor “, como os diré dentro de unos minutos.
Hoy no se os encomiendan unas tareas o unas funciones para realizarlas cada uno según vuestro propio parecer. Hoy sois ungidos del Espíritu y entráis en una comunión especial:
Comunión con vuestro presbiterio. Entráis en ese espacio sacramental que los presbíteros constituyen junto con su obispo (cf. LG 28). Entráis en este “colegio” donde cada uno aporta su sensibilidad, su historia, sus capacidades y también sus límites. Y precisamente esa diversidad, cuando está vivida desde la comunión, se convierte en una riqueza inmensa para la misión de la Iglesia.
Comunión con el pueblo de Dios que os sostiene en la diversidad de vocaciones y ministerios, y al que se os envía de la mano del obispo. Por eso, vuestro ministerio tendrá siempre este desafío hermoso y exigente: caminar con vuestro pueblo, caminar juntos en el servicio eclesial; construir comunión, cuidarla, sostenerla incluso cuando cueste, al estilo del Buen pastor.
Porque el problema nunca es la diferencia de estilos, ni las distintas maneras de entender o subrayar la pastoral. El problema, cuando aparece, es la falta de comunión y la huida a nuestros Emaús.
Y Comunión con los más pobres. No lo olvidéis: allí está Cristo antes que vosotros, esperando que alguien llegue como instrumento de consuelo.
Ellos nos evangelizan y nos muestran el rostro y las llagas de Cristo. Acercaos, escuchad, compartid su vida. Dejaos tocar por su fe y su esperanza. Porque, al caminar con ellos, no solo les serviréis: también ellos evangelizarán a la comunidad. Así, vuestro ministerio será verdaderamente el de Cristo: cercano, misericordioso y lleno de vida.
4.- Para cambiar la historia, el camino de Emaús hoy nos ofrece también un relato muy concreto del sacerdote que hoy necesitamos:
- Como en Emaús, necesitamos sacerdotes que caminen con otros, que no se encierren en la soledad, que sepan invitar al peregrino a su vida y, al mismo tiempo, dejarse ayudar por quienes el Señor pone en su camino: por los laicos, por los consejos pastorales, por los hermanos sacerdotes, por la vida consagrada, por aquellos con los que es fácil caminar. También por aquellos que no habríais elegido, pero que, “convocados” y ungidos por el mismo Espíritu, forman parte de vuestro ministerio.
- Necesitamos sacerdotes que pregunten y se dejen preguntar. Que no tengan miedo a las preguntas de la gente ni a las suyas propias, y que hagan de la Palabra de Dios el lugar donde esas preguntas encuentran luz.
- Necesitamos sacerdotes profundamente eucarísticos, no simplemente hombres que “dicen misa”, sino hombres cuya vida entera esté configurada por la Eucaristía; de tal manera que construyan, animen y ayuden a la comunidad a descubrir que, si celebramos la Eucaristía, es porque estamos llamados a que se nos reconozca por ser comunidades eucarísticas para el mundo, vidas entregadas, pan partido para los demás.
- Necesitamos sacerdotes que digan –como los de Emaús– “hemos visto al Señor” y provoquen que la parroquia, las comunidades aprendan a reconocerlo con ojos nuevos.
Dejáis atrás el seminario, una etapa de vínculos intensos y profundos. Gracias a quienes intervenís en la formación del seminario: Rectores, formadores, parroquias, sacerdotes, profesores, laicos y vida consagrada.
Ahora se abre un tiempo nuevo. Ahí descubriréis que Cristo sigue estando con vosotros, pero de un modo nuevo: como Maestro que os enseña a ser pastores, como Siervo que lava los pies y se deja encontrar en el partir el pan en la Eucaristía, en la comunidad y en la caridad.
5.- Y permitidme, para terminar, dirigir una palabra a toda la comunidad, a este “Jerusalén” que hoy tiene rostro de Iglesia diocesana.
A los sacerdotes: acoged a estos nuevos hermanos. Cuidadlos, rezad por ellos. Hacedles sentir que forman parte de una familia y una misión única con vosotros.
A los laicos: acompañadlos con paciencia, con cercanía, con afecto. Dejadles espacio para crecer, para encontrar su propio modo de servir, porque nadie nace sacerdote y lo que hoy comienza necesita del apoyo de todos. Ayudadles a que animen la vocación bautismal que compartimos y que sean dinamizadores de la vida sacramental de la comunidad.
A los jóvenes: no dejéis de ir a Jerusalén, a la comunidad donde Jesús os convoca. No tengáis miedo a dejaros encontrar por Él. Mirando a vuestros amigos sacerdotes, preguntaos para quién es vuestra vida y quién os da la plenitud que el corazón os está pidiendo. No tengáis miedo a decir que sí, aunque, como los de Emaús, no tengáis la hoja de ruta clara. No dejéis de tener comunidades donde vivir la fe.
Y a vosotros, queridos ordenandos, os digo con sencillez: mirad la vida de los sacerdotes que tenéis cerca. En ellos hay más verdad que en muchas palabras. Aprended de su entrega, de su fidelidad, de su cercanía al pueblo de Dios. Os quiero recordar las palabras del Papa León a este respecto: “El cuidado recíproco, en particular la atención a los hermanos más solos y aislados, así como a los enfermos y ancianos, no puede considerarse menos importante que el cuidado del pueblo que se nos ha confiado. (Una fidelidad que genera futuro, 16) Y no olvidéis nunca que vuestra vocación es un don de Dios, pero también una responsabilidad compartida por toda la Iglesia.
Hoy cambia la historia por medio de la acción de Cristo que nos sigue buscando. Cambia por el sí renovado de cada uno de los bautizados. Cambia por la ordenación de estos hermanos nuestros que se han dejado encontrar por Cristo.
