La Hermana Cristina tenía 14 años cuando entró al Santiago Bernabéu sin poner los pies en el suelo. Literalmente: los empujones de la multitud la llevaron en volandas hasta su sitio. Desde allí, Juan Pablo II era un punto blanco en el fondo del estadio. Apenas se le veía. Pero entre todo lo que dijo aquel día, una frase llegó con una claridad extraña y se quedó dentro: «No tengáis miedo».
No entendió del todo por qué le había calado tanto hasta que llegó a casa, en Cuenca, y lo fue pensando. Y entonces lo vio: había algo de lo que tenía miedo. Tenía miedo de decirle a sus amigas que iba a misa los domingos. Tenía miedo de que supieran que los sábados, después de ayudar en casa, se iba a un grupo de formación. La fe era algo que llevaba con gusto pero que en el mundo de sus amigas no se nombraba.
Ese momento no la convirtió de golpe en religiosa. Ella misma lo aclara: «No fue la decisión de voy a ser esclava carmelita de la Sagrada Familia.» Fue algo más sutil y más profundo: una transformación del corazón que va ocurriendo despacio, por capas. El Movimiento Eucarístico Juvenil, el ofrecimiento de obras rezando por el papa, la relación con las religiosas que hoy son sus hermanas de congregación. «Tú te vas dando cuenta que Dios va haciendo su obra en ti», dice. Entró en la congregación con 17 años. Lleva cuarenta de vida consagrada.
Cuando Benedicto XVI vino a Madrid en 2011 para la JMJ, la Hermana Cristina apenas le vio. Pasó esos días trabajando como voluntaria en el centro de acogida a peregrinos de la vicaría IV, preparando mochilas y credenciales, recibiendo jóvenes llegados de todo el mundo, de madrugada a medianoche sin descanso. Solo tuvo una salida: un párroco la llevó en coche a un sitio desde el que pudo ver pasar al papa desde un balcón, unos segundos. «La primera y única vez que en Madrid pude ver al papa en persona», dice, «porque todo lo demás fue un servicio personal de entrega.» No lo dice con amargura sino con la satisfacción de quien sabe que hay muchas maneras de estar presente en algo grande, y que la más visible no siempre es la más necesaria.
Ese mismo espíritu es el que define cómo entiende su vocación. El carisma de su congregación es profundamente eclesial: trabajar en estrecha comunión con los pastores de la Iglesia, sin elegir con quién ni dónde. «No elijo la parroquia ni el sacerdote que me toca», explica. Y añade algo que suena sencillo pero que resume años de experiencia: «En la diversidad se crea la unidad». Un mensaje que, dice, es también el del papa León desde sus primeras palabras al mundo: paz, puentes, diálogo, comunión.
Para la visita que se avecina, la hermana Cristina ya está implicada, aunque todavía no sabe exactamente en qué. Las multitudes le agobian, lo reconoce sin problema, y no se ve en medio de la calle entre miles de personas. Sabe que, por experiencia propia, detrás de cada gran acontecimiento eclesial hay personas que trabajan en la sombra sin que nadie las vea, y que sin ese trabajo silencioso lo visible no sería posible. «Todo es igual de válido», dice.
La pregunta ya tradicional del ascensor produce en este episodio la respuesta más inesperada. La Hermana Cristina confiesa que lo primero que haría sería echarse a llorar, pero no por emoción ante el papa sino por claustrofobia. Una vez se quedó encerrada en un ascensor con diez niños y otras catequistas, se hizo la valiente por los pequeños, y cuando salió estalló en llanto. Si le volviera a pasar, su reacción instintiva sería abrazar a quien tuviera al lado.
Y en este caso, el que tendría al lado sería el papa. «Santo Padre, necesito abrazar a alguien». Y entonces caería en la cuenta de que el abrazo sería mutuo, y de que en ese momento de agobio claustrofóbico el papa podría volver a decirle lo mismo que Juan Pablo II dijo en el Bernabéu hace cuarenta años: «No tengas miedo, Cristina».
El episodio cierra con una oración de la hermana Cristina en la que pide por quienes preparan la visita, por los jóvenes y las familias que escucharán al papa, y por la gracia de hacer vida cada día las palabras que él traiga: «Señor Jesús, nos ponemos en esta tarde ante ti. Queremos rezar juntos por el encuentro que vamos a vivir de la llegada del papa León XIV a Madrid. Quiero pedirte en esta tarde que bendigas a todos los que están preparando ya esta visita, cada uno en la labor que está desempeñando. Abre el corazón, Jesús, de tantos jóvenes, de tantas familias, de tanta gente como va a escuchar el mensaje que el papa quiere traernos. Ayúdanos a que podamos hacerlo vida cada día en nuestra jornada. para que sepamos llevar las palabras del papa donde estemos, donde trabajemos, donde estudiemos. Jesús bendice al papa, dale la fortaleza que necesita, bendícelo y santifícalo, Señor. Amén».
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